Reseñas en Artes y Letras de A.Squella (14.01.2007); de A. San Francisco (21.01.2007); de Newsletter de Roberto Castillo (19.01.2007) y entrevista El Mostrador (2.01.2007) Diario La Nación (21.01.2007)

¿Qué república tenemos hoy en Chile?

Agustín Squella

El proposito que los mueve es identificar las condiciones que la República de 1990 tiene todavía que satisfacer, sobre todo desde la perspectiva del derecho constitucional, para recuperar lo mejor de la tradición republicana nacional. Foto:Elmercurio
Pablo Ruiz-Tagle y Renato Cristi publican un libro que recorre en forma crítica la historia constitucional de Chile independiente.Buscan establecer una distinción entre constitucionalismo autoritario y republicano.
AGUSTÍN SQUELLA

Renato Cristi y Pablo Ruiz-Tagle han escrito un muy buen libro acerca de cómo nuestra vida política independiente se ha desarrollado en torno a la idea de república, una idea que vino a expresarse constitucionalmente recién en 1828. “República” -para nada un término unívoco en la teoría política- significa aquí lo contrario de reino; vale decir, lo opuesto a sumisión incondicional a la voluntad de un monarca que concentra la totalidad del poder, y significa también gobierno de las leyes, no de los hombres, en el sentido de que la autoridad pública, junto con hallarse sometida al imperio del derecho, ejerce sus potestades por medio de leyes; esto es, de normas abstractas y generales, iguales para todos, que evitan tanto la arbitrariedad como el favor.

República significa autogobierno, lo cual crea una tensión entre participación -o sea, decisión por uno mismo- y representación -vale decir, decisión por medio de representantes-. Cada cual desearía no recibir más órdenes que de sí mismo, pero la vida en sociedad, que demanda la existencia de un gobierno, muda esa retorsión contra la heteronomía -vale decir, contra el querer ajeno-, en una demanda de los individuos en orden a que las decisiones normativas que los obligan -por ejemplo, las que adopta el Congreso Nacional- sean adoptadas por representantes elegidos. Entonces, no se trata de sustituir la democracia representativa por una de carácter participativo, sino de hacer más participativa la democracia representativa. Por ejemplo, sacando del Senado a miembros no elegidos por sufragio universal -algo que fue hecho en 2005- y modificando un sistema electoral que distorsiona tan grave como deliberadamente la expresión de la voluntad ciudadana.

La democracia es sólo gobierno de la mayoría, no la tiranía de ésta, pero resulta cuando menos paradójico que la minoría valga en términos de representantes lo mismo que la mayoría y que cuente con un poder de veto sobre esta última a la hora de pensar en reformas a los principales capítulos de nuestro texto constitucional. En una democracia, la mayoría tiene el deber de respetar los derechos de la minoría, mas no al precio de renunciar al derecho de llevar adelante su programa de gobierno.

Las 5 repúblicas

Cristi y Ruiz-Tagle revisan lúcidamente lo que denominan “las 4 primeras repúblicas chilenas” -la República independiente (1810-1830), la República autoritaria (1833-1871), la República liberal (1871-1924) y la República democrática (1932 a 1973). Se explayan también sobre el autoritarismo antirrepublicano que tuvimos entre 1973 y 1990, así como sobre las vicisitudes de la Quinta República, a la que llaman “neoliberal”, que en el segundo de esos años sustituyó a aquel autoritarismo. Y el propósito que los mueve es identificar las condiciones que la República de 1990 tiene todavía que satisfacer, sobre todo desde la perspectiva del derecho constitucional, para recuperar lo mejor de la tradición republicana nacional. Porque la tesis de los autores es que, a pesar de los cambios constitucionales habidos desde 1989 a la fecha, la república que se inaugura en 1990 “aún no logra sacudirse de la ideología neoliberal totalizadora que hereda del régimen de Pinochet y refundar el republicanismo cívico en Chile”. No es que ellos desconozcan los avances habidos en esa dirección, pero les parecen insuficientes. Un republicanismo que supone la práctica de virtudes cívicas por parte de los ciudadanos, y que exige de los políticos las tres condiciones apuntadas por Weber: pasión, sentido de la responsabilidad y previsión. Un republicanismo que mira al derecho constitucional como fuente que legitima el poder, pero que cumple también el papel de distribuirlo y de limitarlo, sin olvidar que esa distribución y limitación no alcanzan sólo al poder político, sino también al económico.

No cabe duda que nuestra transición, vista como un proceso político de carácter jurídico e institucional, tuvo dos fases: la que consistió en pasar desde el autoritarismo a la democracia protegida que consagró la Constitución de 1980 (donde “protegida” quiere decir diseñada a favor de los grupos minoritarios que dieron forma a esa Constitución y que, partiendo por el plebiscito de 1988, no han podido ganar hasta ahora ninguna de las elecciones presidenciales ni parlamentarias), y la más larga, iniciada precisamente en 1989, que ha consistido en pasar de esa democracia protegida a una democracia en forma, algo que recién vino a conseguirse con las reformas constitucionales del año 2005.

Con todo, los autores de este libro tienen una visión nada complaciente con aquello que hemos llamado “democracia en forma”, porque -dicen- “la tarea se encuentra todavía inconclusa”. Extremo y agobiante presidencialismo; inclinación antes por el orden que por la libertad; fuerte respaldo a la libertad económica, bastante menos a la libertad política y casi nada a la libertad cultural; insuficiente sensibilidad ante las diferencias en las condiciones de vida de los chilenos; exaltación del derecho de propiedad; una educación pública en caída libre; sistema electoral excluyente de grupos minoritarios; preferencia por la gobernabilidad antes que por la democracia, y una hegemonía neoliberal que predica la maldad estatal, pero sólo hasta el momento en que los negocios se echan a perder, puesto que entonces corre a tocar la puerta del Estado: he ahí un inventario de los errores, insatisfacciones y obstáculos aún por remover.

¿Críticos o conformistas?

Si hemos de ponerlo en esos términos, el libro de Cristi y Ruiz-Tagle será más del gusto de los autoflagelantes que de los autocomplacientes, que es lo mismo que decir que será más del agrado de los críticos que de los conformistas. Y este rasgo de la obra me hace simpatizar aún más con ella, puesto que si bien no se trata de dos bandos perfectamente delimitados (en esto, todos somos algo híbridos), siempre será mejor, tratándose de intelectuales, hallarse más inclinados del lado de la crítica que del conformismo.

Por último, los autores destacan los esfuerzos de algunas instituciones -tales como el CEP, el Centro de Derechos Humanos de la Facultad de Derecho de la U. de Chile, y la U. Diego Portales- por mantener viva la llama del análisis independiente y crítico en un medio nacional temeroso del debate y fragmentado en capillas donde no pocos corren a cobijarse para rendir su autonomía.

La república en Chile

Teoría y práctica del constitucionalismo republicano, de Renato Cristi y Pablo Ruiz-Tagle, LOM, Santiago, 2006, 389 páginas

Domingo 21 de enero de 2007 Historia Sobre repúblicas, dictaduras y constituciones: De la Constitución a la democracia Alejandro San Francisco
Réplica del historiador Alejandro San Francisco al artículo “¿Qué república tenemos hoy en Chile?”, de Agustín Squella, publicado en Artes y Letras el domingo pasado. El autor analiza el nacimiento de las Constituciones en nuestro país y las discusiones surgidas en torno a estas durante los siglos XIX y XX. ALEJANDRO SAN FRANCISCO Instituto de Historia Universidad Católica de Chile Repensar la historia chilena es un deber que se hace necesario y de cara al Bicentenario se irá convirtiendo en una costumbre. Repensar temas como la república y el desarrollo del constitucionalismo nos llevará ineludiblemente a cuestionamientos y visiones contradictorias. Un libro reciente, estimulante y provocador, aunque ciertamente discutible y con limitaciones, vuelve sobre estos temas: se trata de “La República en Chile. Teoría y práctica del constitucionalismo republicano” (Ediciones LOM, 2006), de Renato Cristi y Pablo Ruiz-Tagle, comentado en Artes y Letras el pasado 14 de enero por Agustín Squella. Un texto que ciertamente debiera ser de interés para el estudio académico. Como dicen los autores, “constitucionalismo implica esencialmente un intento de establecer el imperio de la ley con el fin de limitar el poder político, específicamente por medio de constituciones escritas” (p. 29). Enfatizan lo que llaman “constitucionalismo republicano”. El tema se debe analizar en los textos y también en los crudos hechos que han definido la génesis y aplicación de los distintos momentos de la historia del país. ¿República o repúblicas? Los autores hablan de la existencia de cinco repúblicas en la historia de Chile, quizá siguiendo la fórmula que ya ha sido usada para Francia. República independiente, autoritaria o liberal para el siglo XIX y república democrática y neoliberal para el XX y comienzos del siglo XXI es una propuesta atractiva, aunque discutible. Como dicen los anglosajones, todo depende de qué entendamos por independiente, autoritario, liberal, democrático o neoliberal. Sin embargo, podemos decir que hay una sola república, la de Chile, que ha experimentado evoluciones y textos constitucionales, con sus respectivas etapas, pero manteniendo ciertas líneas matrices: división de poderes (Presidente de la República, Congreso bicameral y la estructura del Poder Judicial desde la década de 1820); declaraciones de derechos constitucionales (con regresiones en el siglo XX en el ámbito de la propiedad y ampliaciones en otros aspectos sociales y políticos), entre otras cosas. En el libro que comentamos se advierte una tentación autoflagelante respecto de “la república neoliberal”, aunque reconocen avances en cuanto a estabilidad y crecimiento económico (página 387). Según se sabe, la reforma o ratificación constitucional de 2005 reconoce los aspectos centrales de la Constitución de 1980, como las bases fundamentales y los derechos de la persona, en lo que algunos podrían pensar como gatopardismo, pero que más bien es una muestra de sensatez política. El gobierno y el Congreso acordaron una reforma que permitía en un solo acto mantener los enclaves libertarios de la carta, mientras se procedía a borrar los últimos resabios de autoritarismo. Por lo mismo el resultado final es más valioso que dudoso, a pesar de las dificultades obvias por las que atraviesa Chile a comienzos del 2007 en diversos frentes. Lejos de estar frente a una transición democrática inconclusa (p. 388) advertimos una consolidación democrática e institucional pocas veces vista en la historia de Chile. La vía armada al constitucionalismo Hay una afirmación que conviene revisar con detención porque tiene enormes implicancias para una adecuada comprensión de Chile y su historia: “La evolución de estas cinco repúblicas está marcada, en ocasiones, por momentos de regresión constitucional que constituyen los gobiernos autoritarios de facto” (p. 80). El asunto es que se ha dado una curiosa relación entre el sistema de gobierno y la creación de constituciones, en que los textos de la evolución republicana – la Carta de 1833, la interpretación parlamentaria de 1891, la Constitución de 1925 y finalmente la de 1980 – han nacido han sido promulgados por gobernantes que llegaron al poder por vías de hecho, tales como golpes de Estado y guerras civiles, mientras los gobiernos que promovieron esas fórmulas constitucionales eran administraciones autoritarias o sencillamente dictatoriales. Eso en el plano de los hechos. Juzgar la existencia de las constituciones sólo por su génesis es equívoco y conduce necesariamente a error. Podríamos decir que la consolidación constitucional tiene históricamente dos fases. La primera se refiere al cambio constitucional, que aparece con un claro respaldo del gobierno de turno y sus partidarios; la segunda etapa se da cuando los antiguos detractores o indiferentes aceptan o asumen la carta fundamental como un hecho, pero también con sus consecuencias jurídicas, que les permiten ocupar espacios de poder y llegar efectivamente al gobierno. Así fue por ejemplo después de 1932 y claramente a partir de 1990. El problema de la discordia constitucional es de una importancia capital en la historia de Chile y requiere un estudio y una discusión mayor. Las constituciones del país tienen apellidos y detractores, la Constitución no existe como “emblema nacional”. Cada uno de los quiebres institucionales ha tenido como elemento común una crisis en relación a la naturaleza del régimen político y la aplicación de normas positivas. Así ocurrió entre pipiolos y pelucones, con la discusión presidencialismo/parlamentarismo en 1891 y también en 1924-25, y con la crisis en la construcción del socialismo hacia 1973. No está demás recordar la incidencia que tuvieron las Fuerzas Armadas en cada uno de estos eventos, ya sea desde posiciones en el gobierno, presionando por una solución o directamente provocando los hechos que facilitaron la promulgación de una nueva Constitución. La derrota armada de los gobernantes implicó en todos los casos una transformación de las instituciones manu militari. En definitiva, todos los textos tienen una doble militancia dictatorial y republicana, autoritaria transitoria, pero con capacidad de evolucionar hacia formas de mayor participación con el correr del tiempo, como ha demostrado la “democratización vía reforma” de la que habla Samuel Valenzuela para el siglo XIX chileno. En la actualidad, la armonía institucional podría lograrse uniendo dos ideas que durante mucho tiempo estuvieron separadas en el país: la libertad económica a través de la economía de mercado y la libertad política mediante la democracia, nacido del quiebre de 1973, consagrado en la Constitución de 1980 y puesto en vigencia plena a partir de 1990. Virtudes republicanas Un aspecto interesante del libro de Ruiz-Tagle y Cristi es que no reducen el constitucionalismo al texto escrito, sino que asignan gran importancia a las virtudes como parte central de una república. La idea de virtud republicana, presente en Portales en su famosa carta a Cea, quizá basado en Montesquieu, tiene en realidad raíces romanas y específicamente ciceronianas. De hecho, los autores citan a Cicerón (p. 143), y valoran que el orador considerara que la república romana había sido el fruto de muchos hombres en varias generaciones. Pero también sería bueno recordar hoy otros principios presentes en la obra de Cicerón, “Sobre la República”: la necesidad de dedicarse a la vida política sobre las actividades meramente especulativas, el hecho de que “la república se funda en la moralidad tradicional de sus hombres” (el verso es del poeta Ennio), y el premio que merecen aquellos que han fundado y mantenido ciudades con sabiduría y buen gobierno. Quizá algunas de esas cosas han fallado en Chile y por ello la ausencia de continuidad constitucional. El tema de la virtud republicana es central y requiere un reconocimiento por su importancia histórica. Quizá debamos dar el segundo paso, complementario de las instituciones: el desarrollo de las virtudes de quienes ejercen el gobierno y también de parte de quienes son gobernados. Como recordaba el General Baquedano en un discurso memorable, hacia 1890, apenas un mes antes de que estallara la guerra civil: “Yo me he sentido orgulloso cuando he oído en el extranjero, citar a Chile como una República modelo y decir que el puesto culminante que ocupa entre las naciones americanas lo debe a la bondad de sus instituciones y a las virtudes de sus hijos”. Mayor razón para cuidar las bondades de la república y no multiplicar la discordia que la hiere con imprevisibles consecuencias.

19 enero 2007
•Lectura esencial para entrar al siglo XXI
por Roberto Castillo Sandoval
Es primera vez que en este blog pongo algo que se asemeja más a una reseña formal de un libro. Aquí va, todo comentario es bienvenido, como siempre. Excelente lectura de verano para los suertudos del hemisferio correcto

Renato Cristi y Pablo Ruiz-Tagle, La república en Chile. Teoría y práctica del constitucionalismo republicano. Santiago: LOM, 2006. 389 pp.

Apenas anunciado el triunfo electoral de Michelle Bachelet, la presidenta electa recibió la felicitación de Ricardo Lagos en una llamada telefónica transmitida en directo por la televisión. Bachelet comentó que “una vez más Chile ha demostrado en verdad la tremenda tradición republicana que tenemos”, y agregó más adelante: “Como usted diría, se siente la república”. Dentro de esa puesta en escena, destaca la doble alusión a la “tradición republicana”, paradójicamente enmarcada en una institucionalidad que surge del derrocamiento de la república a cuya presencia aludía la flamante presidenta. Bachelet revela en su comentario que esa otra “república” fue uno de los puntos de referencia ideológicos que Lagos usó en la intimidad de su presidencia, a la vez que manifiesta su propia voluntad como nueva mandataria de mantener la idea como norte de su administración.

La “república”, en la conversación de Bachelet y Lagos, es el nombre del proyecto recuperativo que busca reconstituir cierta tradición político-institucional y desmantelar el legado de la dictadura. Lo interesante es que, en los términos de este intercambio, esta república no se manifiesta abiertamente en la competencia electoral, sino que se siente, como los fantasmas, las visiones premonitorias, o los temblores de tierra. La “república” de Lagos y de Bachelet está hecha de nostalgia y de anhelos de futuro; no describe una realidad plenamente materializada tanto como una idea-guía o, en el mejor de los casos, como obra en progreso.

Lo que hace este cuadro tan revelador es que el sueño de la realidad alternativa se proyecta no desde los márgenes, sino desde la presidencia, el centro mismo de una institucionalidad diseñada para impedir que tal sueño se realice. La anti-república heredada de la dictadura anula el sueño republicano de raigambre liberal y democrática: esta república se siente en momentos extraordinarios y simbólicos, pero tiende a ser evanescente y no parece dejar huellas de su aparición en el edificio institucional. Tal vez alucinada por esa visión de la república que aparece en el rito del sufragio y luego en la celebración en las calles, Bachelet se atrevió a proponer en sus primeros días como presidenta un plebiscito acerca del sistema electoral binominal, propuesta que no llegó a cuajar por no tener asidero jurídico claro dentro de la Constitución de 1980, aun con las reformas firmadas por Ricardo Lagos que entraron en vigencia en 2006. Este detalle ilustra la relación, a veces complementaria y a veces conflictiva, entre el ideario republicano y el constitucionalismo vigente, relación dinámica a partir de la cual Renato Cristi y Pablo Ruiz-Tagle construyen una instructiva trayectoria histórica que abarca desde la independencia a los comienzos del siglo XXI en La república en Chile.

Cristi y Ruiz-Tagle elucidan con destreza el modo en que dos ideas de organización política, contrapuestas en torno a la noción de soberanía o poder constituyente, se han relacionado a través de la historia de Chile, disputándose la hegemonía. Esta hegemonía otorga un poder que no se ejerce sólo en el diseño y la construcción de la institucionalidad; abarca también la legitimización del orden de las cosas en todos los ámbitos, incluyendo el de la subjetividad ciudadana y los modos en que se construye y se socializa la participación en la comunidad imaginada de la nación.

La colaboración entre un filósofo político como Cristi y de un jurista como Ruiz-Tagle tiene la virtud de aprovechar el rigor con que los autores potencian sus respectivas disciplinas al desarrollar un argumento común, produciendo un diálogo jurídico filosófico de gran interés pero ofreciendo además una elaboración histórica de alto vuelo . En efecto, el trabajo de Cristi y Ruiz-Tagle, al presentar su narrativa sobre la idea de república, se relaciona con una tradición intelectual de sólida raigambre en la historia de Chile: el ensayo histórico, que en los últimos tiempos ha sido practicado casi en solitario por historiadores como Alfredo Jocelyn-Holt y, con menos vuelo expresivo pero con gran aplomo metodológico, por Gabriel Salazar. El ensayo histórico chileno siempre ha estado ligado a la necesidad de referirse a la contingencia por medio de la memoria histórica. Es lo que hace Jocelyn-Holt con la serie de obras que comienza con su certera anatomía de la independencia de Chile y con su fundamental ensayo El peso de la noche. Nuestra frágil fortaleza histórica (Planeta, 1997), con el cual el trabajo de Cristi y Ruiz-Tagle comparte la sensibilidad con respecto a las contradicciones y consecuencias políticas que se imbrican tanto en los orígenes como en el desarrollo de la nación chilena. Dicha afinidad se puede detectar en cierto paralelo entre el libro anterior de Renato Cristi, El pensamiento político de Jaime Guzmán (LOM, 2000) y la obra antes mencionada de Jocelyn-Holt, en la cual se va revelando el pensamiento político de una figura histórica a través de sus prácticas políticas. Así como Jocelyn-Holt revela a Portales como artífice central de la singular construcción del estado chileno decimonónico, Cristi identifica los principios filosóficos de Jaime Guzmán dispersos en su variada obra como jurista, político, e intelectual público, para establecer su impronta en la génesis de la república autoritaria asociada a la Constitución de 1980, en la convicción de que “sólo una confrontación filosófica con el pensamiento de Guzmán, abre la posibilidad de recuperar la política del bien común y la justicia social, para así refundar una república de ciudadanos y no de meros propietarios y consumidores”. La diferencia entre Portales y Guzmán, es que el hedonista Portales, como propone Jocelyn-Holt, no ve en el poder una salvación; ni siquiera un refugio. El cerebro institucional de Pinochet y fundador de la UDI sí le adjudica trascendencia al ejercicio del poder y a la sujeción última a la autoridad que lo encarna.

El año 2006 registrará en los anales hechos tan señeros como la cuarta presidencia consecutiva de la Concertación en manos de una mujer socialista, la gran rebelión de los estudiantes secundarios y la muerte de Augusto Pinochet. Estos eventos, que marcan toda clase de hitos culturales, políticos e históricos, resaltan la pertinencia de un trabajo como el de Cristi y Ruiz-Tagle. Estamos siendo testigos y partícipes de la turbulenta y apasionante entrada de Chile al bicentenario, cuando empezará a dirimirse el cariz que tendrá la República de Chile en su tercer siglo de existencia. En juego está la pregunta de si será posible crear las condiciones políticas para rescatar el legado republicano de raigambre democrática que describen los autores y conjugar en un renovado orden constitucional, por una parte, una mejor participación ciudadana, el reconocimiento de derechos fundamentales y la ampliación de las libertades con, por otra parte, la medida apropiada y necesaria de representatividad y fortaleza institucional. Cristi y Ruiz-Tagle identifican un precedente que puede ser útil y orientador en esta tarea: la efímera Constitución de 1828, en cuyo artículo 21 se sintetizan las aspiraciones republicanas: “La Nación Chilena adopta para su gobierno la forma de República representativa popular”. La fascinante narrativa histórica que se desprende de este trabajo indica, sin embargo, que no basta con acoger estos principios en la teoría, sino que es necesario plasmarlos en instrumentos jurídicos efectivos y en prácticas ciudadanas genuinamente participativas.
12 de Enero de 2007

En lanzamiento de su libro ”La República en Chile”:
Pablo Ruiz-Tagle expresa crítica visión sobre remozada Constitución del 80

por Carlos Alvarez

Ex candidato a Contralor desnuda los componentes filosóficos autoritarios de nuestra orden constitucional y contrapone a ello el ideal republicano. Para él, características centrales de nuestro statusson el ”neoliberalismo” y el ”neopresidencialismo”. Agrega que ”en una sociedad tan desigual como es la nuestra, es importante reconocer los derechos económicos y sociales”.

“Por algo en nuestra actual Constitución Política, no está garantizado el derecho a la educación, sino la libertad para elegir donde estudiar; no está garantizado el acceso a la salud, sino que la libertad para elegir en qué isapre o sistema de salud nos atenderemos y no está garantizado el derecho a la previsión, sino que la libertad de elegir una AFP”.

La frase anterior es una de las expresiones que utilizó el destacado jurista, constitucionalista y ex candidato a la Contraloría General de la República, Pablo Ruiz-Tagle, en el contexto de la presentación de su libro “La República en Chile: teoría y práctica del constitucionalismo republicano”, de ediciones LOM, cuya autoría comparte con el doctor en filosofía Renato Cristi.

La publicación fue concebida como un trabajo sobre derecho constitucional chileno que pretende distinguir los fundamentos del constitucionalismo autoritario del republicano. También trata de vincular el pensamiento liberal con el republicanismo y es un argumento contra las versiones jurídicas y filosóficas del neoliberalismo.

Ruiz-Tagle está dedicado ahora de lleno a su trabajo académico, luego de su abortada postulación al máximo organismo fiscalizador del país. En realidad, como dicen sus amigos y compañeros de academia, “está dedicado a los grandes temas de interés nacional, de todos modos, pero desde las aulas”. De hecho, el constitucionalista hace en su último libro una fuerte crítica a la estructura jurídico-constitucional heredada de la dictadura militar y califica de “neoliberal” y “neopresidencialista” a la reformada Constitución actual.

Ciertamente parte de los momentos provocadores del debate organizado para la presentación del libro- que fue comentado por el cientista político Oscar Godoy, el historiador Alfredo Jocelyn Holt y el sociólogo Manuel Antonio Garretón-, estuvieron marcados por la necesidad de generar a futuro un nuevo orden constitucional, que deba ser refrendado en su momento por la ciudadanía. Ni más, ni menos.

De todos esos temas y de su abortada postulación a la Contraloría, esto último muy escuetamente porque no es tema que le agrade, se ve, habló Ruiz Tagle con El Mostrador.cl.

- Usted se muestra bastante crítico del actual orden constitucional, al que califica de “neoliberal”, definiendo así lo que denomina la “Quinta República”. ¿Cuales son las características centrales de ese “momento republicano”?
- En que hay una concepción de los derechos que consiste en enfatizar los aspectos de libertad, en los derechos económicos y sociales, reduciéndolo mucho al concepto de propiedad, potenciando este aspecto, y de nuevo reafirmar todavía más el presidencialismo que en la Constitución del 25 ya había sido calificado de demasiado marcado. La paradoja es que en la Constitución que tenemos ahora se refuerza todavía más.
- ¿Una de las esencias de la República tiene que ver con el tema de la representación y la participación, en qué medida esos tópicos están resguardados o no en la actualidad, según su análisis?
- Con mi coautor lo que hemos querido enfatizar es que haya más formas de participación política, porque eso perfecciona nuestra democracia a nivel de ejercicio del voto, lo que se puede decir sobre la estructura de los derechos, que hayan derechos económicos y sociales. En una sociedad tan desigual como es la nuestra, es importante que haya un reconocimiento de los derechos económicos y sociales.
- Hay sectores que evalúan que los últimos gobiernos de la Concertación habrían cometido un error al avaluar la Constitución del 80, incluso con la firma del ultimo presidente democrático, en su versión reformada y que sería el momento, derechamente de hablar de un cambio constitucional. ¿Qué dice usted sobre eso?
- La verdad es que lo curioso es que la Constitución que tenemos es la más cambiada de la historia de Chile. Por eso nosotros la llamamos la Constitución gatopardo, porque mientras más se cambia , más queda igual. Ya el año 89 tuvo 54 reformas, a la fecha tiene más de 100 reformas constitucionales. Ninguna de las constituciones anteriores tuvo tantos cambios , pero la verdad es que se cambia de una forma que no necesariamente se le democratiza, se le abre, se la hace más compatible con los ideales de la libertad y la igualdad, y sobre todo no se cambia la sustancia dogmática. La parte filosófica e ideológica que está en los primeros capítulos de la Constitución y este libro nuestro es una crítica a eso, a su parte conceptual, de la Constitución, que caracterizamos con los términos de neoliberalismo y neopresidencialismo.
- ¿Se habla de imperfecciones de este modelo de República, eso tiene que ver con como se concibió o con que la clase política no está al altura de los cambios que se necesitan?
- Las dos cosas. Hay una concepción que tiene un fundamento no democrático, que no es republicano, esa es la verdad, y que es lo que se trata de identificar en el libro y también hay una práctica. Una práctica constitucional que no ha sido suficientemente atenta y lo suficientemente decidida para mejorar nuestra Constitución y hacerla más democrática.
- Temas como el sistema binominal, con todos los esfuerzos que se quiera hacer de participación, parecen ser bastante cruciales en esto…
- Por supuesto. Ese es un tema muy interesante. Porque originalmente la Constitución, para que veamos esto de la teoria y la práctica, tenia un articulo octavo que prohibía los grupos marxistas. Decía que cualquier grupo y organización marxista no podía funcionar en el sistema. Estaba excluido. Bueno, eso se cambió, y aparentemente, uno podría decir que ahora estamos felices porque en realidad ya no hay exclusión, pero vemos la exclusión, del mismo modo, expresada en el sistema electoral, que al darle un subsidio a la segunda mayoría, crea una izquierda extraparlamentaria, extrasistema, entonces la exclusión política e ideológica que existió en el inicio, se produce por una técnica electoral. Entonces se ve cómo la practica y la teoría se juntan para producir el mismo resultado.
- Este desafío grueso que ustedes plantean de repensar una nueva república, incluso se hablo de una nueva generación, ¿qué se debiera hacer al respecto?
- Trabajar duro, hacer discusión académica, leer y gastar tiempo reflexionando sobre eso y no en la farándula. En el estudio y el trabajo de todos los días. Hay mucha gente que está haciendo eso y, aunque no hay, digamos, una unidad, del surgimiento en Chile de muchos centros intelectuales, en distintas universidades y lugares, que tienen este propósito.
- ¿Los sectores políticos aportan a ello?
- Es mas lento el aporte de ellos, pero lo hay también. Hay gente muy importante que se dedica al servicio publico, a la vida política y que hace un esfuerzo personal y familiar significativo muy grande.

La Contraloría

- ¿Que le parecieron los comentarios sobre su frustrada postulación a la Contraloría?
- Bueno, el Senado tiene el derecho a rechazar… En fin, yo puse mi nombre a disposición y me sentí honrado cuando la Presidenta me propuso para el cargo y ahora, como ustedes ven, estoy dedicado a lo que siempre me he dedicado. Estoy tranquilo…
- ¿No le parece que ha sido demasiado extensa la discusión sobre este tema?
- Yo no sé, estoy tranquilo haciendo mis cosas. Puse mi nombre y lo mejor que tenía para servir a la Republica de Chile. No funcionó y qué le vamos a hacer…

Diario La Nación Domingo 21 de Enero de 2007
Pablo Ruiz-Tagle, ex candidato a contralor
“Éste es el peor Parlamento de la historia de Chile”

En su primera entrevista a fondo luego del rechazo de que fue objeto en el Senado, el abogado y académico resiente que se haya dudado de su independencia. Sostiene que la corrupción es un problema sistémico y se muestra crítico de lo que denomina los principios neoliberales de la actual Constitución. “Hay una cuestión de fondo, y es que la política se usa para cuestiones privadas”, señala.
Da la sensación de que se siente muy a gusto en su oficina de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, con vista al río Mapocho. Al lado de la pantalla del computador lo observa silencioso un pequeño busto de la Mistral. Los ideales republicanos son tal vez la verdadera poesía de este profesor de Derecho Constitucional de 47 años, con Ph.D. en Yale, liberal y católico a la vez, que asume los sorbos que da a su té verde como una verdadera religión. Justamente el libro que acaba de publicar, “La República en Chile” (Editorial Lom), en coautoría con Renato Cristi, habla de esa obsesión académica, que no tendría nada de especial si no fuera porque su nombre rebotó de un lado para otro en la prensa durante casi dos meses, cuando La Moneda lo nominó para el cargo de contralor y el Senado finalmente lo rechazó. Como telón de fondo del episodio estuvo la disputa más agria entre la derecha y la Concertación en mucho tiempo, a raíz de la crisis de corrupción. Elementos adicionales a la polémica fueron su carácter de socio del estudio jurídico del presidente de RN, Carlos Larraín, y su indiscutible carácter de académico de primer nivel.
-Explíqueme cómo puede conciliar las siguientes características: abogado liberal, de familia DC, trabaja en un estudio de derecha y publica en una editorial de izquierda.
-(Se ríe). En realidad lo de mi familia es más dudoso, hay un sector que es bastante de derecha, el más próximo a la DC es mi padre, pero nunca fue de partido. Bueno, son las contradicciones de la vida; en Estados Unidos vi contradicciones inaceptables: tuve un gran profesor, Calabressi, que era socialista, utilitarista seguidor de Bentham, que era un judío de fe católica, pero que escribía cosas muy anticatólicas. Esas mezclas no se dan en Chile, pero la gente que he conocido con esas contradicciones es las más interesante.
-¿Cuál es la tesis central de su libro?
-Que la principal idea política que ha existido en Chile es la idea de la República. Chile es una República desde 1810, incluso antes de ser un Estado. Hemos tenido cinco formas de República, con una interrupción entre el 73 y el 90, y camino al Bicentenario tenemos que celebrar el éxito de esta idea, pero también pensar cómo mejorarla. También queríamos vincular el republicanismo con el liberalismo, y criticar el neoliberalismo no republicano.
-Justamente en el libro se habla de la República neoliberal, cuyo marco es la Constitución del ’80. Dice usted que ésta es una Constitución Gatopardo: la que más se ha reformado, pero también la que permanece más incólume.
-Claro, esta Constitución tiene más de 100 reformas si contamos las del ’89, y es la que menos cambia en la sustancia, con la que más extraños nos sentimos buena parte de los chilenos.
-Doble mérito para Jaime Guzmán.
-No creo que se le pueda atribuir el mérito a una sola persona, en eso tenemos una diferencia con Renato Cristi. Guzmán escribió muy temprano en la revista “Fiducia” una crítica muy fuerte a la Constitución del ’25; él alimentó la idea de cambiarla, fundamentalmente por la falta de fuerza en la defensa de la propiedad. Y eso se nota en la construcción neoliberal actual, que en vez de tener protegido el derecho a la educación o a la calidad de la misma, tenemos el derecho a elegir el establecimiento para nuestros hijos. En la salud lo mismo, derecho a elegir la isapre, pero no a una salud de calidad.
-Se saca al Estado de su rol social.
-Devalúa el principio y el derecho de igualdad, que fue un continuo durante todas las experiencias republicanas anteriores. Y en la distribución del poder está exacerbado el poder del Presidente. Uno de los diagnósticos de por qué cayó la Constitución del ’25 fue por el excesivo poder del Presidente, y Allende abusó de esas atribuciones, pero esta Constitución le da más poder aún a la institución presidencial.
-¿La República actual es entonces menos República, de acuerdo al ideal, que la que tuvimos hasta el ’73?
-A ésta la veo con legitimidad política y estabilidad, pero muy débil desde la perspectiva de otros ideales republicanos, como la sujeción de todos a la ley.
-¿En Chile no todos son iguales ante la ley?
-No pues, hemos visto el caso Pinochet, y el de otras personas vinculadas al poder. Recién en este Gobierno se está haciendo un esfuerzo serio de someter a todos al derecho. Ha habido momentos, en cada uno de los gobiernos anteriores, donde los poderosos se han salvado.
-¿En quién piensa?
-Hay casos de corrupción, pienso en el MOP-Gate, donde se ha demorado mucho tiempo la resolución. Me gustaría que eso hubiera sido más rápido, porque entre otras cosas se ha afectado a la Universidad de Chile.
-¿Por qué, entre otras cuestiones, sería tan precaria esta República?
-Por la separación de funciones del poder. Aquí tenemos un neopresidencialismo autoritario, que significa que hay un Presidente que decide de manera extralimitada el derecho, excediendo lo que es el presidencialismo en el resto del mundo, incluyendo Estados Unidos.
-Las últimas encuestas confirman la tendencia a blindar la autoridad presidencial, dejando en el último lugar de legitimidad al Parlamento y los tribunales.
-Eso es una consecuencia mediática de este neopresidencialismo autoritario; eso es malo, porque un principio republicano es que exista división del poder. Por más bienintencionados que sean los presidentes, es importante que todos los ciudadanos participen en la construcción del derecho.
-¿Cómo interpreta que Lagos sacara la firma de Pinochet de la Constitución y pusiera la suya, invocando justamente la República?
-Creo que fue un buen propósito, pero critico que se haya personalizado en una ceremonia con una ópera, con un libro rojo, etc. Las reformas constitucionales son trabajos colectivos y ése es su sentido. Cuando se hace en torno a una persona se transforma en algo muy parecido a esas cartas que daban los reyes a los ciudadanos.
-Pero no fue una reforma de maquillaje, ¿o sí?
-La reforma no afectó a los principios de la Constitución; la revolución de los “pingüinos” vino a comprobar algo que venimos diciendo hace tiempo: el déficit enorme en todos los derechos sociales, económicos y culturales. Ahí viene esta prueba de fuego que es la reforma educacional, a la que me imagino ahora se le sumará también una reforma por la calidad de la seguridad social, del trabajo, etc.
-¿La afirmación del gatopardismo puede dar a entender que la reforma fue un mero acto comunicacional?
-No, creo que fue profunda, aunque aún hay muchas cosas pendientes, pero a mí no me gustó el estilo. Yo sostengo que hay que usar el poder presidencial para ampliar nuestra base republicana, usar la popularidad del Presidente para abrir la Constitución. El problema es que en ese ejercicio a veces se termina reforzando la autoridad presidencial aún más. Ahora habrá que ver cuál va a ser el liderazgo del nuevo Senado y del nuevo Tribunal Constitucional. Si ellos tienen un liderazgo prodemocrático, será exitoso. Si siguen pensando que estamos amarrados al pinochetismo constitucional, será un caso en que la forma se comió al fondo.
-Sin embargo, la elite política tiende a ser conservadora en su visión e interpretación del derecho a partir del año ’90.
-Completamente, en esta Quinta República hay un pensamiento conservador en materia constitucional extendido.
-¿Es posible que ese tic conservador sea el que se manifestó en el rechazo a un independiente como usted, cuando fue nominado para el cargo de contralor?
-Se dijeron muchas cosas, que yo pertenecía a todos los grupos, tendencias y sensibilidades posibles. Salvo el Partido Humanista y el Partido Comunista, todos los demás me fueron atribuidos. También se dijo que yo siempre iba a estar a favor de las opciones del Gobierno, que iba a ser un personaje servil.
-Un operador, para hablar en términos de actualidad.
-Claro, que iba a ser totalmente obsecuente con el Gobierno, y creo que esa acusación es muy injusta, porque los que la hicieron no me conocen, y ni siquiera se dieron la molestia de escucharme en la Comisión del Senado. Eso constituye una barrera muy seria para que personas que no son profesionales de la política puedan ingresar al servicio público. Yo he tenido discrepancias con socios, rectores, decanos y amigos por cuestiones de principios.
-La derecha lo acusó directamente de ser hombre de la Concertación. ¿Hasta qué punto es cierto?
-Me siento una persona independiente, pero que piensa que los gobiernos de la Concertación han sido buenos. Soy muy crítico en materia de educación, en materia constitucional; este neopresidencialismo a mí me revienta, pero me reconozco más cercano a los ideales de la Concertación porque creo que hay ahí una experiencia más republicana que en la Alianza. Pero es errado que la Alianza diga que porque alguien es más próximo a la Concertación no puede ser contralor. Soy un ciudadano libre y, es más, en algunas ocasiones he votado por personas de la Alianza porque me han parecido buenos candidatos.
-También hay un sector de la Concertación que lo rechazó.
-Me gustaría conversar con Adolfo Zaldívar, Nelson Ávila y Mariano Ruiz Esquide, porque sus argumentos no me convencieron.
-¿Cómo fue la reunión con la Comisión del Senado?
-José Antonio Gómez era compañero mío en la universidad, estuve muy bien atendido. Noté un tanto nervioso a Hernán Larraín y Alberto Espina fue cordial.
-¿Qué le dijeron en privado diferente a lo que se dijo en público?
-Hubo gente que inicialmente dijo que apoyaba mi postulación, pero que después en público votó en contra sin dar muchas razones.
-Es que el contexto en que dio la discusión, la crisis de corrupción, no pudo ser más complicado.
-Influyó mucho el debate político. Dos días después del anuncio de mi postulación apareció la denuncia de la Contraloría por el caso Chiledeportes. Creo que nunca hubo un período de mayor encono entre Gobierno y oposición desde 1990 a la fecha. Cualquier nombramiento, aunque hubiera sido fray Andresito, habría fracasado. Yo podría haber sido un contralor que controla, pues creo que hay un defecto en el sistema neopresidencialista que se equilibra no sólo dándole más poder al Congreso, sino también con un contralor eficiente, que sea capaz de hacer efectivas las atribuciones que tiene en relación con los ministerios y el Presidente. Era lo que más me entusiasmaba: usar el derecho administrativo como una herramienta de equilibrio de poder.
-¿Hasta qué punto la corrupción es consecuencia de los principios neoliberales con que la Constitución delimita la actividad política?
-Ésa es una pregunta muy profunda. Tiene que ver, porque la concepción republicana implica que uno debe sacrificar ciertas preferencias en nombre del interés público. Hay que saber renunciar a un interés privado para construir la vida pública, es lo esencial de lo republicano. Y yo me preguntaría: ¿quién está dispuesto a hacer eso? Y eso es expresión de esta mala doctrina que hemos aceptado como dogma, que es el neoliberalismo: lo que es mío es lo bueno, lo privado es lo bueno, lo que me permite ganar más es lo bueno, y no la contribución a lo público. No creo que en el pasado no haya habido corrupción, pero francamente en este momento se ha acentuado. Y es una pena decirlo, pero este Parlamento, y el anterior al 11 de marzo de 2006, son los peores de la historia de Chile. Miremos la historia y veamos cuántos parlamentarios han sido destituidos de sus cargos por cuestiones de corrupción; en el anterior hubo un número importante, y en éste parece que será peor. Hay un asunto de fondo, y es que la política se usa para cuestiones privadas, ésa es la lógica del sistema.
-¿En ese sentido usted ve a la corrupción como un problema sistémico, al igual que la derecha?
-Tiendo a pensar que hay incentivos sistémicos para que haya corrupción. La comisión que nombró la Presidenta detectó problemas sistémicos, no es una cosa individual de alguien que cometió un error. Hay un esquema fallado y los controles están debilitados. Más del 90% de los procesos de toma de razón de la Contraloría son por movimientos de personal dentro del Estado; ¿está bien eso o tiene que ejercerse un control preventivo, como el que se hizo en Estados Unidos a raíz del caso Enron, tal como lo dije en mi propuesta para la Contraloría? ¿Qué pasa si hay un funcionario que gana 200 mil pesos y decide sobre 400 millones al mes? Eso debe resolverse antes y no con informes que sólo descubren lo que todos preveían que se iba a producir. LND

8 Comentarios »

  1. patricio opin:

    January 30, 2007 @ 10:18 am

    Creo que las opiniones que se han vertido respecto del libro son valiosas y demuestran que el libro será un referente para el desarrollo del Derecho Constitucional.

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